Las puertas del abismo: Crónicas de la locura
Relatos de horror cósmico y ocultismo
Sinopsis
Cuatro relatos autoconclusivos de horror cósmico lovecraftiano. Arkham, Innsmouth y R’lyeh laten bajo la piel de quien se atreve a abrir estas páginas.
La casa de los malditos: Un diario y un grimorio despiertan en Arkham una llave imposible y un eco de fuerzas que no deberían nombrarse.
Los Susurradores del Bosque: Raíces inversas, voces antiguas y un ritual que abre un umbral que la naturaleza jamás quiso custodiar.
La herencia del abismo: Conocimiento prohibido, conjuros de defensa y el precio real de mirar a los Mitos de Cthulhu sin apartar la vista.
El Legado de R’lyeh: Ruinas ciclópeas, geometrías que enferman la mirada y una llamada que no cesa bajo el mar.
Relatos que pueden leerse en cualquier orden, unidos por la misma atmósfera de fatalidad y misterio. Ecos de ciudades hundidas, de manuscritos prohibidos y de voces que persisten más allá de la vigilia.
Ideal para quienes buscan adentrarse en los Mitos de Cthulhu y revivir el horror cósmico en su forma más clásica.
Adentrarse en el abismoBiografía
La aparición de la antología Las puertas del abismo: Crónicas de la locura (2025) sitúa a A.P. Rossellot’h en la tradición del horror cósmico y la ficción lovecraftiana contemporánea. Lejos de los arquetipos gastados, su narrativa explora la intersección entre el declive psicológico, el ocultismo y lo innombrable, mientras el enigma de su autor permanece casi tan opaco como las fuerzas que atraviesan su obra.
Todo intento de escrutinio tropieza con una biografía hecha de vacíos. A.P. Rossellot’h aprendió a vivir en tránsito entre una ciudad costera de piedras húmedas y una isla rodeada por mares profundos. Cada regreso a una orilla era también una despedida de la otra, como si su existencia estuviera condenada a oscilar entre dos mundos incompletos.
Quienes han intentado rastrearlo se enfrentan a una anomalía documental: si bien sus registros oficiales sugieren un nacimiento en las postrimerías del siglo XX, su nombre asoma de forma inexplicable en diarios de bitácora y catálogos marginales mucho más antiguos. Los escasos testigos que afirman haber coincidido con él describen una disonancia difícil de resolver: su apariencia pertenece a este tiempo, pero algo en su cadencia, en la gravedad de sus gestos, despierta la incomodidad instintiva de estar frente a una presencia que elude la linealidad de los años.
Incluso el nombre que porta actúa como una advertencia. El apóstrofo en Rossellot’h no responde a ninguna convención etimológica. Al igual que las deidades cósmicas sobre las que escribe, esa marca ortográfica parece abrir una fractura en la sintaxis humana: la transliteración imperfecta de una cadencia que nuestras cuerdas vocales no deberían ser capaces de articular. Él, por su parte, nunca ha confirmado ni desmentido su origen.
Se dice que documenta el mundo a través de negativos en blanco y negro, fotografiando iglesias sin reloj y transitando rutas que evitan a toda costa el asfalto nuevo. Sus relatos, en el fondo, no son más que la prolongación de ese mismo archivo visual: paisajes familiares que revelan grietas hacia lo abisal y retornos que no traen ningún consuelo.
Adentrarse en el abismo